Punto de vista

Un héroe del siglo XXI: Juan García Ro, editor y poeta

Conocí a Juan García Ro en Copiapó en los ’80. Éramos jóvenes. Estábamos tristes, desesperados, escribíamos a mata caballo; apagamos la ira en el bar del poeta, Eduardo Aramburu o en el Estudio Fotográfico del poeta, Tussel Caballero.

Yo era el más novel. No bebía alcohol ni tomaba café. Mientras escuchaba a los poetas hablar de Neruda y Allende, miraba los zapatos lustrados de los parroquianos envejecidos en el vino y las paredes de aquel lugar. También, en esa época, eran parroquianos los poetas: Menardo Cano, Alejandro Aracena, Nalky Pesenti, Andrés Ríos, entre otros. En esa época, conocí a Lucía Román, Nélida Baros y Oriel Álvarez.

Los viernes, aparecía Juan García, en Copiapó, regresando desde su trabajo en el Huasco. Traía su último poema, la aventura de su labor y, casi siempre, un chascarro o un accidente del camino. Era tranquilo, persuasivo, generoso, aunque severo; tenía mucha experiencia para su edad; había vivido y trabajado antes de tiempo; se había casado muy joven, y había viajado por el mundo como marinero mercante.

Yo me fui al norte. En Antofagasta, entré a la universidad; activé en el Grupo Salar de la poesía. Y Aristóteles España, me publicó mi primer poemario.

Me vine a La Serena, arrancando de la dictadura y detrás de mi compañera, Irma. Seguí mi labor literaria y de librero. También, se incorporaron a la labor de librero: Eduardo Aramburu y Juan García. Luego, con Juan nos encontramos en acciones para recuperar la democracia, en los recitales y encuentros literarios. A pesar de ser severo, su generosidad y su paciencia nos fueron haciendo muy amigos y uniéndonos en actividades literarias, editoras y poéticas. Juan en Vallenar; yo, en La Serena.

Al fundar la SECH con Aristóteles España, también, Juan se incorporó. Desde allí, empezamos a participar en cuanta acción cultural. Fueron apareciendo: revistas, antologías, trípticos y todo tipo de actividades públicas, en que uníamos nuestro deseo de recuperar la democracia y de sensibilizar al mundo a través de las imágenes de la poesía.

Después, Juan empezó a editar sus obras y de otros escritores, en Vallenar. Yo, empecé a hacer lo mismo desde La Serena. Hicimos el Premio Lagar; se lanzó el concurso con presencia de la presidenta, Michelle Bachelet; él fue jurado. Dimos el batatazo. Participaron cerca de mil obras. Y, terminaron ganando grandes autores. Juan García Ro, ayudó mucho al éxito de este concurso; porque, entre otros, coordinó a los jurados, manteniendo total reserva, durante y después del concurso.

Empezamos a unir fuerzas, para sacar a adelante una propuesta editorial que diera cuenta de la producción literaria y patrimonial del Norte Infinito: Ediciones Mediodía en Punto y Ediciones Volantines.

Fuimos con Juan, ciudadanos del ’80 y parte de la última Generación chilena: de las postrimerías del Siglo XX, de las turbulencias y agonía de la revolución Bolchevique, de la agonía de la cultura escrita en papel, de la globalidad que pesa más fuerte que los imperios. Desde la trinchera de la cultura y de la creación, asumimos la tarea común de recuperar la utopía: un nuevo perfil de revolución. Por ello, lo vivimos y lo asumimos desde nuestro pueblo atacameño —que iba inexorablemente a convertirse en factoría—, especialmente, el valle de Huasco, que tiene una larga y legendaria lucha social e icónica, como son las revoluciones de 1851 y 1859.

La tarea fue una revolución cultural que reparara el ethos local, lo pusiera de manifiesto y que fuera el ejemplo, para transitar por el pedregoso Siglo XXI.

La tarea maciza era publicar obras patrimoniales y artísticas del norte. En eso también se sumaron otros, como Sergio Gaytán, en Antofagasta. Empezamos una nueva etapa y nueva forma de articularnos en gestiones editoriales, como ferias, bulevares, lanzamientos, reflexiones y acciones poéticas que mantuvieran el fuego; lo hicieran arder permanentemente y que estuvieran al servicio de aglutinar el mundo de la cultura, ya que solo el 1% de los habitantes de Chile pertenece a alguna institución cultural.

También, recuperar la democracia comunal; el relato que viene de los patriarcas: Gallo y Matta; de la Revolución de los Libres y de la Revolución Constituyente. Elevar la bandera azul con su estrella amarilla de los heroicos Zuavos de Chañarcillo, como emblema de un cambio profundo en la sociedad, empezando por construir una “Constitución conmutativa”, soñada desde el comienzo de la República, y que nunca hasta ahora en Chile ha sido posible. En eso estamos.

Juan publicó cerca de 60 libros de él, de otros, recuperados, reeditados, antologados, investigados y de desconocidos e, incluso, nunca publicados en Chile; memorias del Siglo XIX y de recuperación iconográfica de viajeros y emigrantes en paso por Chile, como Pissis y John Marx. Además, publicó varios libros de poesía de él y varios otros, incluido el mío: Sobre Eros & tumbas.

Creo, que su mayor acierto fue, indudablemente, editar, entre otros libros patrimoniales, una saga prodigiosa del Huasco: trilogía que viene desde sus orígenes, pasando por el inicio de la república, el Siglo XX hasta nuestros días: Historia del Huasco de Joaquín Morales, Historia del Valle de Huasco, de Juan Ramos Álvarez y Huasco esencial, de Jorge Zambra.

No hay duda. Esto es una revolución cultural —nunca antes vista— en el Huasco, que encabezó Juan García. Debemos continuar, porque es nuestro destino y esperanza de conservar la identidad y de contradecir al mundo global desde la comuna-comunidad, para crear un mundo mejor. Juan García Ro es un héroe del Siglo XXI. Su muerte es solo un hecho, porque lo encontraremos vivísimo en la historia.

Por Arturo Volantines

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