- Registros microscópicos de vegetación preservados en la Patagonia chilena y la Antártica, evidencian la devastación ecológica y la magnitud del impacto que cambió el planeta y que marcó la extinción de los dinosaurios.
La extinción masiva del límite Cretácico–Paleógeno (K/Pg), acontecida hace 66 millones de años, es famosa internacionalmente por la desaparición de los dinosaurios no avianos. Sin embargo, la verdadera magnitud del colapso ecológico y las claves para entender la extinción masiva del 75 por ciento de la vida en la Tierra no se encuentran únicamente en los grandes esqueletos, sino también en las plantas fósiles.
Así lo confirma un nuevo estudio publicado en la revista científica npj Palaeoecosystems, que cuenta con la coautoría de la destacada paleobotánica de la Corporación de Investigación y Avance de la Paleontología e Historia Natural CIAHN Atacama, Dra. Joseline Manfroi.
La investigación, titulada Impact of the Cretaceous-Paleogene event on sedimentary organic matter in southern high-latitude regions – desarrollada por un equipo interdisciplinario de científicos de Chile y Brasil, demuestra cómo la materia orgánica vegetal microscópica actúa como un marcador clave e insustituible para reconstruir la devastación y posterior reorganización de los ecosistemas terrestres durante las grandes crisis biológicas del planeta.
Un impacto global con huella en territorio chileno
Hace 66 millones de años, un asteroide del tamaño del monte Everest impactó Chicxulub en lo que hoy es la península de Yucatán, México, desencadenando una crisis climática y ambiental que eliminó a más del 75% de las especies marinas y terrestres. No obstante, las secuelas ecológicas a miles de kilómetros del punto de impacto continuaban siendo un dilema para la ciencia en el hemisferio sur.
El nuevo estudio analizó dos registros sedimentarios clave situados en altas latitudes australes: uno en un ambiente continental en la Patagonia chilena y otro en un sistema marino somero con alta influencia terrestre en la isla Seymour, Antártica.
Al analizar las palinofacies —microrestos vegetales que incluyen fragmentos de tejido, cutículas, granos de polen y esporas—, los científicos descubrieron una señal coincidente y abrupta: un aumento drástico de materia orgánica amorfa de origen vegetal alineado de forma precisa con la famosa anomalía geoquímica de iridio, un elemento pesado que fue dispersado por el impacto extraterrestre. Esta masa orgánica es el resultado directo de la degradación masiva e intensa de los bosques y comunidades vegetales terrestres, demostrando que la destrucción de los ecosistemas quedó literalmente sepultada en las rocas sedimentarias de Chile y la Antártica.
En la Patagonia chilena, el registro reveló además un incremento en las esporas de helechos. Al ser plantas pioneras capaces de colonizar rápidamente suelos devastados, su presencia marca la respuesta inicial y la dinámica de recuperación de la vegetación frente a la catástrofe.
La paleobotánica como pilar para entender las crisis biológicas
El estudio reafirma que la vegetación es el pilar estructural del funcionamiento de los ecosistemas globales y que las plantas son uno de sus mejores termómetros.
“Aunque la extinción del límite Cretácico-Paleógeno es ampliamente conocida como la ‘extinción de los dinosaurios’, las plantas fósiles, gracias a su plasticidad biológica y sensibilidad frente a los cambios ambientales, constituyen excelentes indicadores de ecosistemas perturbados”, explica la Dra. Joseline Manfroi, paleobotánica e investigadora de CIAHN Atacama, añadiendo que “estudiar estos depósitos desde la perspectiva de la paleobotánica es fundamental para comprender cómo respondió la vegetación a una crisis de escala global. Estos registros nos permiten mirar no solo la destrucción, sino también los procesos de la dinámica de los ecosistemas tras una de las mayores extinciones de la historia de la Tierra”.
Por su parte, Marcelo A. Carvalho, investigador del Museu Nacional de la Universidade Federal do Rio de Janeiro y autor principal del estudio, destaca el alcance planetario: “Los resultados muestran que la crisis del límite Cretácico–Paleógeno tuvo un alcance verdaderamente global. A pesar de encontrarnos a miles de kilómetros de Chicxulub, los registros de la Patagonia chilena y la Antártica conservan señales similares de una fuerte perturbación de los ecosistemas. La materia orgánica preservada en estas rocas nos permite observar cómo la vegetación respondió a uno de los eventos más catastróficos de la historia de la Tierra”.
El aporte de CIAHN Atacama a la ciencia internacional
La participación activa de la Dra. Joseline Manfroi en esta investigación consolida el compromiso de CIAHN Atacama con la generación de conocimiento científico de frontera. A través del estudio de la paleobotánica y el registro fósil continental, la Corporación no solo rescata el patrimonio natural, sino que realiza un aporte decisivo al entendimiento global del cambio ambiental y la evolución de los ecosistemas terrestres.
El hallazgo demuestra que los ecosistemas del hemisferio sur desempeñan un rol estratégico en los modelos paleoclimáticos mundiales. Al entender cómo colapsaron y se recuperaron los bosques de la Patagonia y la Antártica en el pasado remoto, la ciencia obtiene herramientas valiosas para evaluar la resiliencia de la biósfera frente a las transformaciones ambientales presentes y futuras.
Fuente: Carvalho, M. A. et al (2026) ). Impact of the Cretaceous-Paleogene event on sedimentary organic matter in southern high-latitude regions. npj Palaeoecosystems, 2(1), Artículo 1. https://doi.org/10.1038/s44513-026-00001-9